La duquesa y
el embajador.
La condena
de una cadena.
Un nuevo embajador ha llegado al reino.
El primer embajador protestante en reino
católico, donde antes había guerra ahora hay diplomacia. Sigue el odio siendo
el mismo.
Llega a corte con su bello porte. Joven y
aventurero el embajador es dado a ensueños.
Siempre con la libreta en la mano el
embajador anda anotando. Un detalle, un gesto, una frase.
Es dado al dibujo también. Goza de aptitudes pictóricas
el embajador.
Envía completos informes a su corte, y allá
en la capital están muy contentos con la labor del embajador estableciendo
lazos de comercio y amistad entre dos naciones que no tanto ha se solían matar.
En los informes del embajador aparece con
frecuencia la figura de la duquesa.
Algo mayor para ser soltera, ella es
independiente, duquesa de mucho ducado suele hacer lo que quiere.
El joven embajador comenta cuáles son las
impresiones de la duquesa, y creen en la corte que es figura de importancia
para las intrigas de su diplomacia.
Según pasan los meses los informes del
embajador se van convirtiendo en una sucesión de relatos sobre las actividades
de la duquesa: que si se ha ido al campo, que si ha ido a juegos, que si con
quién come que si con quién cena.
Al año el embajador abandona completamente
cualquier pretensión de relatar en sus informes sobre los asuntos de la corte:
Sus despachos de embajada son simplemente retratos e impresiones de trajes y
opiniones de la duquesa siempre seguida y siempre mentada.
*****
A todos gustó cuando llegó el embajador.
Despistado, ensimismado, parecía que vivía en sí mismo. Algún creyente poco
piadoso decía que en el propio infierno en el que se pudriría ya estaba solo, y
que por eso no gustaba de compañía.
Siempre con su libreta, a todos agradó el
retrato que les hizo cuando les vio. Generoso con sus dibujos, sin embargo era
muy celoso de sus escritos, los despachos de embajada donde relataba las
intrigas de la corte y los devenires del reino. Qué secretos, qué intrigas,
quién ascendía y quien en desgracia caía.
¡Gran escándalo en la corte! Se forman
corros, se arman revuelos ante la evidencia del galanteo del joven embajador
hereje con la gran duquesa católica. ¡Eso no puede ser! ¡Es un imposible! ¡una
inmoralidad! ¡algo que no se puede ni imaginar!
Todo empezó con los trajes. Decía que no
había en todo su país trajes como los que estilaba la duquesa. De hecho no
había en todo la corte trajes como los que estilaba la duquesa, que ella era
única en su vestir. Rica, independiente y orgullosa, lo demostraba en todo
detalle, en todo estampado y en toda toca. Sin ser extravagante era muy
original y muy elegante.
De traje en traje, el embajador retrataba
casi cada día a la duquesa. Ésta, coqueta, aún se esforzaba más en su
vestimenta. Posaba, se sonrojaba, charlaban.
El retrato dio ocasión a la conversación, la
conversación al galanteo y el galanteo al amor.
¡Escándalo!: La duquesa con el hereje se
entendía a escondidas.
Se decía que traicionaba a su Rey y señor
revelando secretos en alcobas de amor al señor embajador.
Pero su amor era sincero. Fascinado por su
fuerza, por su independencia y sus opiniones, el embajador estaba rendido ante
la duquesa (que por edad podría ser su madre decían las malas lenguas).
Entusiasmada por las atenciones del joven
galante, e intentando penetrar en sus profundidades, la duquesa vivía en su
otoño lo que siempre había creído que debería ser la vida.
*****
Decididos y valientes, la duquesa y el
embajador fueron a pedir permiso, a su Rey la una y a su Señor el otro, para
contraer matrimonio.
¡Gran desconcierto en la corte y en el reino!
¿Matrimonio? ¿Cómo unir en el amor lo que ha
separado dios? ¿Qué hacer con los asuntos canónicos? ¿cómo celebrar unión entre
católica y hereje?
Gran dilema se cierne sobre teólogos y
personas de leyes.
Pero para cuando le plantea la duquesa el
asunto a su Rey, envalentonada por la seguridad que le da tener la mano de su
amor apretándola, la cosa se resuelve mucho más expeditivamente.
El Rey no es dado a grandes problemas
teológicos. No es dado a problemas en general. Lo único que le importa es la
caza. De ciervos por la mañana, de doncellas por la noche. Todo lo demás le
parecen verduras o viejos, comidas y personas que no es agradable tener cerca y
que por eso aleja. Como los problemas.
Degustaba el Rey un gran jabalí con gran deleite
cuando le vino la duquesa con el embajadorcillo ese a importunarle; a decirle
que se amaban y que querían casarse.
- Majestad, pido su venia para contraer
matrimonio con el embajador que tiene mi corazón.
- ¿Desea usted joven casarse con la duquesa?
- Con toda mi alma Majestad.
- ¿Entonces cuál es el problema?
- Pues verá, que al ser él hereje y yo
católica...
- Entiendo, que no les dejan los cánones ni
los sacramentos.
- Ni las leyes de su reino.
- ¿Cómo?
- Que con embajador foráneo no se puede
contraer matrimonio.
- ¿Pero queréis estar juntos?
- Por toda la eternidad.
- Pues juntaros pues. Juntaros y que no os
pueda separar ni divino decreto ni humana fuerza. Juntaros si no con anillos de
plata sí con cadenas de hierro, juntaros de día de noche y en todo momento.
Juntaros que en vuestra unión estará vuestro tormento.
Y así fue como ordenó el Rey establecer unión
tan singular, con cadenas de fierro. Arandelas que no anillos se forjaron en
torno a sus tobillos; y por cadenas quedaron unidos, que no por sacramentos ni por
decretos.
*****
Feliz el uno, feliz la otra, de ver su amor
unido al fin.
Felices iban y felices venían, y felices en
todo lugar se les veía, el uno junto a la otra, a no más de metro y medio, que
más de sí no daban las cadenas que les separaban.
A dormir, a comer a la corte y a jugar, a
todos lados iban pegados, la duquesa y el embajador; hasta a el excusado se
iban acompañando.
Esa era su dicha suprema: el verse siempre y
el siempre tenerse cerca. Una unidad eran la duquesa y el embajador, que lo que
como castigo se decretó en su máxima dicha lo convirtieron.
La duquesa cayó enferma.
Por donde estaba su unión estaba su roce, por
donde estaba su roce estuvo su mal.
Heridas le dolían de la argolla que la aprisionaba.
Llagas y dolor la asaltaban por donde el amor la atenazaba.
Poco a poco su ya marchita carne se convertía
en carne putrefacta. Y de su tobillo por su pierna la gangrena se extendía,
hasta llegar allí por do tanto pecado había.
El objeto de su amor y causa de su desgracia
como podía la cuidaba. Pero poco podía pues poco sabía y poca movilidad tenía.
Siempre a su lado aguantaba los olores, pues
en esa habitación donde otrora olió a flores, ahora nauseas y vómitos la perfumaban.
Carne podrida, carne pasada, que era carne
humana la que tanto olía.
Pocas semanas duró el dolor. Muchos días
durara la agonía de la duquesa, la desgracia del embajador.
*****
Patética figura recorre los pasillos de
palacio, desde la alcoba hasta el patio, va el embajador portando el cadáver de
la duquesa, arrastrando pie, tobillo y cadena.
Apenas podía la juventud del embajador con
cuerpo tan viejo como el de la duquesa, con tanto hueso y tanta carne tan corroída.
Ya sin trajes, desnuda abandonaba su vida.
Nadie reconocería aquella alegría de antaño, aquel esplendor y aquella
vitalidad, en este cuerpo muerto y putrefacto. Aquel amor en este patético
acto. Lleva el cadáver pues sigue unido, cruel castigo. Cuánto menos el
matrimonio divino en la muerte separa.
Hasta el patio de palacio, que por casar con
hereje no será enterrada en sacrosanto, es llevada la duquesa, y sobre lápida
de piedra depositada.
Capucha en rostro hacha en ristre: el verdugo.
Va a ejecutar sentencia que no a matar, que la muerte ya hizo su trabajo. El
suyo tan solo consiste en romper las cadenas de hierro que en cruel decreto les
unieron.
Yace la una sobre la piedra. Huesos yertos y
carne muerta, eso es lo que queda de la duquesa: una cadena.
A metro y medio contempla estupefacto el
embajador lo que queda de su cuerpo amado, cómo ahora pretenden de él liberarlo
con golpe de hierro.
Alza su hacha el verdugo, fuerte e inmisericorde
como es la fuerza bruta que no mira a quien corta, a quien hiere.
Y cuando desciende el hacha sobre la piedra
se adelanta el embajador sobre la cadena. Que no rompan lo que le une a su
amor: que rompan su vida, que al fin y al cabo ya está rota. Que no rompan sus
cadenas, que no quiere libertad si ella está muerta, que quiere ir unido hasta
el final, que le rompan el cuello que ahí lo pone sobre la piedra. Ya sin
tiempo para reaccionar, desciende el hacha del verdugo a gran velocidad, y
sobre el cuello del embajador separa los hombres de la cabeza. Queda intacta la
cadena.
A los dos juntos entierran. Ya murió su amor
pues murieron ellos. Ya nada queda. Solo la cadena.