Salamanca me ha dejado un descubrimiento que ha cambiado mi trayectoria intelectual: Deirdre Mccloskey es una de las personas que más admiro, es aquella que parece haber hecho todo lo que yo hubiera querido.
La descubrí en una conferencia, con su fuerza y su contundencia dejó arrollados a todos los que la seguían. Yo hice una pregunta, a ella le encantó que lo preguntara (lo pude ver en su cara) y hasta la conferencia magistral no supe quién era esa mujer tan rara.
Nunca me pude imaginar que una conferencia magistral pudiera causar tantísimo alboroto y tantas emociones (uno se imaginaría que son actos anodinos donde todos escuchan medio dormidos); pero cuando ella habló (en sustitución de todo un premio Nobel al que llamó “estúpido”, todo hay que decirlo) la sala capitular, de siglos de saber y aburridas disertaciones repleta, se llenó de energía y verdades como puños, de aquellas que nadie se atreve a decir con fuerza (“Trabajadores del mundo: ¡Uníos¡ ¡Demandad Capitalismo¡” fue una de sus perlas).
Ella habló de literatura y economía, habló de la teoría del relato, habló de los problemas de mesuramiento en nuestra ciencia, habló de que fue la Dignidad burguesa la que produjo el mayor crecimiento de la historia... habló de todos los temas que a mí me interesan, y habló de todos ellos con saber, precisión y contundencia.
Al terminar fui a hablar con ella (hasta tengo una foto en la que posamos juntos), nombramos a unos cuantos autores a los que ambos admiramos, y yo le dije que ella ahora está entre los más grandes para mí.
Al llegar al hotel busqué su página web, y descubrí algo que me hizo todavía más feliz: ella era él.
Deirdre Mccloskey era Donald Mccloskey hasta 1993, cuando con 52 años, 30 años de matrimonio y 2 hijos decidió cambiarse de sexo y hacerse mujer.
Ella era él, y como ella y como él a quien hay que conocer si se quiere saber.
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